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"LA MAGIA DE CONTAR UN CUENTO"
por Liliana Mora
 
En esta entrega vamos a tratar de redescubrir la importancia y significación de un oficio casi olvidado: el de contar cuentos.
 
 

Las abuelas, juglarescas tradicionales, últimamente se hallan demasiado ocupadas en adaptarse a las cambiantes circunstancias. La necesidad, hoy les impone camuflarse de intrépidas para conseguir pasar más o menos inadvertidas entre quienes no saben o no pueden esperar al que va quedando atrás. Y así entre reuniones con las ‘chicas’ del club, viajes, peluquería y otros compromisos, no tienen demasiado tiempo para alimentar la imaginación de sus pequeños nietos.
Es así como hoy, los niños crecen entre televisión, computadoras e historietas súper armadas, pero desprovistos del lujo de una fantasía contada por una voz querida. La imaginación infantil se vuelve perezosa, quedándose adherida a las imágenes, ignorando todo el vuelo fantástico del ‘Había una vez…’, es una pena que algo tan hermoso: el buen cuento, esté desapareciendo de la vida de los niños y la nuestra, porque el encanto y el beneficio también alcanzan al relator. (…)
“Para contar bien un cuento se necesitan tres condiciones indispensables: amor al prójimo, don de simpatía y un total olvido de sí mismos.”, dice la Dra. Etchebarne en su libro El oficio olvidado.

 

Es verdad, porque como todo buen actor, el narrador debe olvidarse de su propio yo y entregarse totalmente a los distintos personajes a los que va dando vida en su relato.

Otro aspecto del arte de narrar cuentos se refiere a la conveniencia de que el narrador esté sentado en medio de los niños, ya que el hecho de que un adulto se les acerque y se siente entre ellos, no solo lo aproxima físicamente a su auditorio, sino que de cierta manera le permite ponerse “más a su altura” en sentido real y figurado desde el punto de vista afectivo. Además, quien se queda de pie está más próximo a partir, y todas las madres conocen el eterno reclamo: “Mamá, vení, no te vayas, quedate.”

Y si es el maestro el que narra, debe olvidarse en cierto sentido de su condición de tal, concentrarse y compenetrarse con los personajes del cuento porque toda la fuerza del relato está en la comunicación entre narrador y público.

También, tiene mucha importancia saber modular la voz, usar sabiamente los gestos, ademanes y, sobre todo, la onomatopeya, de fuerte valor emocional: los miau-miau, pum-pum, ¡ay, ay, ay!, ¡Plaf!, etc. son inseparables de los relatos para niños.

Otro factor casi indispensable para el narrador es saber crear el clima de suspenso ya que contribuye a mantener el interés de la audiencia. Por supuesto, no debe llegarse a la exageración y producir miedo o angustia intensos ya que esto debe estar completamente desterrado del relato infantil.

Algo que también debe cuidar el narrador es que los niños, al ser tan observadores, toman muy en cuenta la ubicación de los objetos y personajes, por lo que se debe tratar de recordar bien en dónde fueron quedando durante el relato y así evitar que “el árbol aparezca del otro lado”, por ejemplo, y que los niños se den cuenta.

No menos importante que saber narrar un cuento es elegirlo según las características del auditorio. Hay hermosos cuentos clásicos y también, dentro de la literatura moderna, el material existente, hoy, es inagotable. No hay peligro de que un narrador se quede sin repertorio para atender la demanda infantil.

Acomodando papeles, encontré un recorte del diario La Nación del 24 de septiembre de 1972, que dio motivo al texto anterior, el cual leyéndolo me hizo reflexionar acerca de la importancia que tiene el cuento para la mente infantil e inmediatamente los relacioné con el niño sordo. Y me di cuenta, una vez más, de las limitaciones que se nos presentan a los docentes especializados, también en este sentido.

Qué difícil resulta para el maestro transmitirle al niño sordo el cuento fantástico para que, mediante el relato oral, él pueda sentir el tratamiento de tramas irreales y personajes increíbles que encarnan por un lado todo el bien y por el otro todo el mal, pero que se definen con un final siempre feliz.

En estos episodios donde aparecen la envidia, el rencor, la soberbia, la humildad, la bondad, el despecho, etc. nos es muy difícil transitar elocuentemente, cuando debemos adaptar y recortar nuestros comentarios, por la falta de competencia lingüística del niño sordo en el idioma español.

Los cuentos que “trabajamos” en clase, y digo “trabajamos” porque, como ya mencionáramos, difícilmente el relato fantástico resulte accesible a nuestros alumnos, hace que le cuento aparezca en función de esa carencia y no simplemente para ser contado y disfrutado, sino como una excelente oportunidad para extraer del cuento vocabulario desconocido, verbos, adjetivos, cuestionarios, ordenamiento de secuencias, etc.

Obviamente, esto no es una crítica, es parte de nuestro quehacer trabajar de ese modo un cuento para incentivar el desarrollo del pensamiento y lenguaje en los niños sordos.

Pero, muchas veces, caemos en textos inventados por nosotros que no tienen el sabor de la aventura fantástica y mágica de los cuentos de hadas. Y aun poniendo la mejor voluntad, las ilustraciones que les presentamos resultan poco atractivas porque no conservan el brillo del papel ilustración del libro comprado ni el colorido de una buena impresión, ni la definición de imágenes por manos de dibujantes expertos.

O puede aparecer el cuento comprado pero los textos están adaptados y quedan desfasados los intereses de la edad  en función del dominio de la lengua, como en este ejemplo:

Pepe es un nene.

Él hizo la torta.

Tom asustó a Pepe.

La torta se cayó.

Pepe está triste.

¿Cómo hacer para cumplir con nuestro trabajo sin negarle al niño sordo la posibilidad de disfrutar de un buen cuento?

Debemos diferenciar con exactitud dos estilos de trabajo en función de nuestros objetivos. Uno es el cuento de carácter cognitivo, cuya finalidad es la enseñanza sistemática de la lengua española escrita y oral, donde las adaptaciones en el cuento a presentar son inevitables pero que deberán reflejar coherencia con la realidad de la imagen y, sobre todo, con los intereses de los alumnos.

El otro es el cuento de carácter recreativo, que constituye un alimento imprescindible y vital para el psiquismo infantil.

Entonces, para que el niño sordo disfrute verdaderamente de ese estilo de cuento es prioritario convocar a adultos sordos o bien a alumnos de grados superiores para que sean ellos los relatores, haciendo uso de la lengua de señas, que por ser su lengua natural le transmitirá todos los matices significativos y poéticos, para que el niño sordo, también disfrute de la fantasía de un cuento de hadas. Y que, como sostiene Bruno Bettelheim, prestigioso psicólogo infantil, además le ayude a superar los miedos, contemple su necesidad de amparo, estimule el sentimiento de justicia y que, en definitiva, el mundo entero le descubra sus enigmas.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

 
Prof. Liliana Mora
 

Bibliografía:

*Bettelheim, Bruno (1994): Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Barcelona: Crítica.

*Ferreri, Giuliano:  Otra vez el cuento de hadas.

*”La oreja detrás de la oreja”, La Nación, Buenos Aires, 24 de septiembre de 1972.

* de Etchebarne, Dora Pastoriza (1989): El arte de narrar. Un oficio olvidado, Buenos Aires: Guadalupe.

 
 
 
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