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"Lenguas compartidas, vidas compartidas"
por Liliana Mora
 

"Ignacio es un niño oyente de cuatro años de edad. En este momento él se encuentra sentado en el living de su casa mirando un programa de televisión, donde pasan dibujos animados. En otra parte de la casa se encuentra su mamá, ocupada en los quehaceres. Ella a hora no necesita cuidar al niño porque éste está tranquilo e interesado en lo que está viendo y, además, está aprendiendo solito y con placer, mientras disfruta del programa de TV”.
“Martín es un niño sordo de cinco años de edad, hijo de padres también sordos. Él está mirando la misma película que Ignacio, que vive frente a su casa. De repente se incorpora, sale de la habitación y regresa rápidamente con su madre. La hace sentar y le comunica con una mezcla de señas y mímica su perplejidad: varios perros corren detrás de un gato pero, de pronto, ¡oh, sorpresa!, el gato comienza a correr, retrocediendo con la cola levantado. Lo mismo hacen los perros. Martín quiere saber por qué tantos perros están asustados por un pequeño gato blanco y negro.
“No es un gato”, le dice la madre con señas y comienza a explicarle que el animal blanco y negro (mientras deletrea con los dedos la palabra ZORRINO) despide un olor desagradable, (se toca la nariz y la frunce) cuando levanta la cola de ese modo (señala hacia arriba)”.
Obviamente, la mamá de Martín no podrá explicarle todo lo que el niño le pregunte con respecto a los programas de televisión, porque al ser sorda no le llega en su totalidad la información televisiva, que es prioritariamente verbal, pero el valor de su comunicación recíproca, madre-hijo, habla por sí misma.
Como Martín cuenta con alguien a quien le puede preguntar durante el día, él también está aprendiendo en una forma natural.
“Susana es una niña sorda congénita de seis años de edad, hija de padres oyentes. Ella también mira los dibujitos de la televisión al igual que Ignacio y Martín. Su mamá también los está mirando y participa junto a Susana hablándole incansablemente.
La maestra de la escuela insiste permanentemente en que hablarle y hablarle es la única manera para que la niña alcance la “normalidad”.
Pero los padres advierten que Susana no comprende los programas de TV y casi nada de lo que le dicen. En realidad nadie ha conseguido despertar su atención.
A veces la pequeña Susana trata de hacerse entender haciendo señas y gestos naturales, que ella y sus compañeros inventaron y comparten en secreto, pero sus padres no lo aceptan, lo consideran algo extraño, hasta anormal.
De tal modo, las tentativas de la niña de comunicarse se estrellan contra un muro y pierde la oportunidad de dar un primer paso hacia el verdadero aprendizaje y hacia su ubicación como persona.
El período más útil de la vida de Susana se deja caer en el vacío y nadie puede predecir con certeza el resultado de este descuido....”.
En las experiencias de Martín y de Susana vemos reflejados diferentes sistemas de comunicación, utilizados en los hogares donde habita un niño sordo.
En el caso de Martín, él está expuesto desde el principio a un sistema de comunicación de características viso-manuales, en el que sus padres son comunicadores competentes por ser sordos, usuarios de la lengua de señas.
Es por eso que Martín construyó un vocabulario en esta lengua, equiparable al de Ignacio, el niño oyente de edad similar del Ej. Nº 1, y puede dialogar sobre temas muy diferentes con sus interlocutores, así como de objetos y acontecimientos presentes y ausentes.
Esta forma de comunicación que equipara a Martín en competencia comunicativa con los oyentes, le permitirá, además, establecer intercambios comunicativos fluidos con otros niños y adultos sordos, lo que, como ya ha sido comprobado, favorece la construcción de una identidad personal positiva en los niños sordos. En consecuencia, le permitirá también el acceso futuro a la cultura de la comunidad sorda.
El uso natural de las señas por parte de Martín, para expresarse, confirma lo que decimos, especialmente si lo comparamos con la frustración de Susana.
En la escuela, Martín, una pedagogía especial, irá avanzando en el conocimiento de la lengua española hablada y escrita, como segunda lengua, hasta donde se lo permitan sus posibilidades.
Volviendo al ejemplo de Susana, los padres oyentes utilizan exclusivamente la comunicación oral, que no puede ser captada por la niña.
De ahí que el proceso de negociación del significado entre la niña y sus padres se haga más difícil.
“Durante los primeros años, el niño sordo no encontrará la misma satisfacción que el oyente en el hecho de hablar, ya que su lenguaje será aún muy pobre y le entenderán muy pocas personas. En el transcurso de estos años sólo se servirá del lenguaje oral para pedir cosas, pero difícilmente para expresar sus sentimientos, sus dudas e intenciones, para lo cual necesitará una lengua cuya modalidad le resulte más adecuada a sus posibilidades de percepción y expresión”. (A. Marchesi).
En consecuencia, y a pesar de no desearlo, en algún momento los padres oyentes recurren al uso de gestos más o menos icónicos, ideográficos o referenciales que se van construyendo o inventando en los sucesivos intercambios comunicativos, para facilitar la comprensión de sus mensajes.
Lamentablemente estas “señas caseras” como tales que son, no forman parte de un sistema comunicativo completo, es decir que no pueden equipararse a un lenguaje y no lo pueden reemplazar. Son tan sólo un conjunto o relación de gestos negociados en el entorno familiar y utilizados exclusivamente en dicho contexto.
Por otro lado, al no poseer las características de una lengua, no le facilitará el acceso futuro a las fuentes de la cultura. Lo mismo ocurre en la escuela. Los niños inventan significantes gestuales para comunicarse entre ellos, porque carecen de un modelo lingüístico competente en la lengua de señas, es decir: sordos adultos idóneos para la transmisión de la misma.

Consideraciones finales

De los ejemplos citados podemos inferir que las diferencias entre los niños presentados son ostensibles y que pueden acarrear consecuencias muy importantes en su desarrollo, no referidas únicamente al plano lingüístico sino también en lo cognitivo, social y cultural.
La comunicación establecida desde la cuna y en los primeros años de vida podría explicar por qué el niño sordo hijo de padres sordos se destaca.
El postergar la comunicación precoz en el niños sordo, en el seno familiar, lo priva de la oportunidad de organizar por medio de una lengua natural el mundo que lo rodea, imponiéndosele un déficit adicional al ya existente y la imposibilidad de adelanto.
“En el mundo de la educación y la comunicación los niños sordos reciben muy poco y demasiado tarde” (Taras Denis”).
Lo principal es evitar la comunicación continua y unilateral; por el contrario hay que darle al niño la oportunidad de responder con los derechos y privilegios de un individuo único. A menos que se establezca una comunicación mutua, los padres y los docentes seguirán hablando para sí y el niño sordo continuará perdiendo el más precioso e irrecuperable momento para la interiorización y desarrollo del lenguaje, a pesar de las buenas intenciones de la familia y la escuela.
No hay motivos para que los padres oyentes no piensen en el aprendizaje e incorporación de la comunicación manual, ya que ésta les permitirá a sus hijos sordos obtener y procesar más información, y la relación padre e hijo establecida en base a un código común, será fundamental para el desarrollo psico-social posterior, evitando que se produzca una reducción progresiva en la comunicación mutua.
Creemos que merece la pena seguir investigando en este campo, contrastando nuevos resultados y aportando elementos de reflexión para mejorar la educación de los niños sordos.
Hoy existe una real necesidad de que cada vez más investigadores, profesionales de la educación y familias con niños sordos, trabajemos aunados con el propósito de optimizar el desarrollo de estos niños, dado que éste es el motivo conductor de los esfuerzos de todos y cada uno de nosotros.

Referencias:
“Cómo alcanzar la normalidad”. (Taras Denis).
“El desarrollo cognitivo y lingüístico de los niños sordos”.(A. Marchesi).

 
 
 
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