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"Comunicación: algo más que una palabra"
por Liliana Mora

“La comunicación humana es más que medio y mensajes, información y persuasión; también satisface una necesidad más profunda y sirve a un fin más elevado. Ya sea clara o confusa, tumultuosa o silenciosa, deliberada o fatalmente involuntaria, la comunicación es el campo de reunión y el fundamento de la comunidad. Es en resumen, la conexión humana esencial.”

Floyd Matson
 
Numerosos estudios señalan la importancia de la comunicación en la construcción de la subjetividad. El objetivo de este artículo es llamar la atención sobre esta relación, especialmente en el caso de las personas sordas.
El lenguaje tiene una gran importancia en el desarrollo del pensamiento. Desde los primeros años de la vida de un niño, los intercambios sociales y comunicativos van a tener una marcada incidencia en su desarrollo cognitivo. Además, el lenguaje sirve para planificar y para regular la propia acción humana. El lenguaje ocupa, por lo tanto, un papel central en los procesos del conocimiento. En primer lugar, porque se utiliza para comprender la información; en segundo lugar, porque es en gran medida uno de los soportes principales en los que se guarda información. Y en tercer lugar, porque favorece el razonamiento abstracto.
Por otra parte, antropólogos y lingüistas resaltan el vínculo que se establece entre lengua y cultura. Cada lengua encierra, en sí misma, una visión de mundo; no funciona como un medio para reflejar la realidad, sino que, en cierta medida, la construye. En este sentido, la lengua común es, entre otros factores, un elemento decisivo para que una comunidad se mantenga unida. En el caso de la comunidad sorda, la lengua de señas agrupa a sus integrantes, otorgándoles un sentido de pertenencia que va más allá del déficit auditivo. Existe, por lo tanto, una voluntad de aproximación entre las personas sordas que depende del interés por compartir experiencias, poniendo de manifiesto la fortaleza de las relaciones, congregándolos alrededor de la lengua de señas.
Las lenguas de señas han suscitado, a lo largo de los años, intensos debates y posturas antagónicas respecto de su uso. Son diversas las áreas que se ocupan de estudiar este problema; sin embargo, los únicos que se sitúan afuera de tales controversias son los sordos, quienes, a pesar de las prohibiciones y desprestigio en el uso de la lengua de las que fueron objeto, la siguieron utilizando y transmitiendo de generación en generación, solicitando incansablemente su reconocimiento y su incorporación al ámbito educativo y al ámbito socio-cultural. Esta defensa de su lengua natural encuentra su justificación, precisamente, en esta capacidad para conformar la identidad de las personas sordas y su interacción con la comunidad a la que pertenecen.
Sin embargo, los miembros de la comunidad sorda no están aislados de la sociedad mayoritariamente oyente a la que también pertenecen. Por lo tanto, es esencial facilitar la comunicación para derribar las barreras que podrían coartar la participación de las personas sordas en la sociedad en la que viven. La lengua debe ser, ante todo, una herramienta de comunicación y, fundamentalmente, un vehículo para que el sujeto pueda expresarse libremente y conocer el pensamiento y el sentir de quienes lo rodean; en definitiva, el elemento central para construir su subjetividad y generar para sí mismo un sentimiento de pertenencia (a su familia, a la comunidad, a la sociedad que lo contiene).
El ambiente familiar es una de las variables que mayor impacto tiene en el desarrollo de una persona. Si el niño carece de un sistema de comunicación adecuado, ¿cuál es el resultado de la interacción en el hogar?, ¿cómo se le facilita información para que crezca emocionalmente y a su vez asimile las normas sociales que le aseguren una relación basada en ellas con aquellas personas que lo rodean?
Un ejemplo de cómo funciona esta problemática se obtiene al comparar el aprendizaje y el desenvolvimiento familiar de un niño sordo hijo de padres sordos, y el de un niño sordo hijo de padres oyentes. En el primer caso, el niño es expuesto desde el principio a un sistema de comunicación de características viso-gestuales, en el que sus padres son comunicadores competentes por ser sordos, usuarios de la lengua de señas. Es por esto que este niño puede construir un vocabulario en esta lengua semejante al de un niño oyente de edad similar, y puede dialogar sobre temas muy diferentes con sus interlocutores, así como de objetos y acontecimientos presentes y ausentes. Esta forma de comunicación, además, le permitirá al niño mantener una conversación fluida con otros niños y adultos sordos, lo que favorece una identidad personal positiva. En consecuencia, le permitirá el acceso en el futuro a la cultura de la comunidad sorda y, paralelamente, irá ingresando al conocimiento del español como segunda lengua con más facilidad y rapidez, porque estará inmerso en una situación de aprendizaje que no es unilateral; tendrá una participación activa en la conquista de los conocimientos a partir de la comunicación con los maestros y sus compañeros.
Por el contrario, la mayoría de los niños sordos tienen padres oyentes, quienes optan generalmente por la comunicación exclusivamente oral, privándolo al niño sordo de esa lengua natural. La presencia de un hijo sordo en una familia produce en los padres un profundo impacto emocional, especialmente si no tienen ninguna experiencia previa con la comunidad sorda. Su tristeza inicial puede convertirse en ansiedad, si no reciben una orientación satisfactoria. En ocasiones, los padres mantienen una posición defensiva y no aceptan la necesidad de nuevas alternativas comunicativas con su hijo. El interés que tienen de que su hijo se diferencie lo menos posible de otros niños los conduce a rechazar los sistemas viso-gestuales de comunicación.
El niño sordo, al principio, no encuentra satisfacciones en el lenguaje oral, porque el conocimiento que posee de él es tan limitado que no le permite expresarse con libertad. A su vez, esto dificulta la comunicación con su familia, que se dirige a él en una lengua que no comprende del todo y que no reconoce como propia. Los padres pueden vivir experiencias de frustración e incomunicación, lo que conduce en muchos casos a que reduzcan sus iniciativas o a que las interacciones sean muy simples. Así, el niño se ve privado del placer del aprendizaje, del reconocimiento de las pequeñas conquistas y de la satisfacción de entender y hacerse entender. Por otra parte, al no tener competencia en la lengua de señas se reduce en el niño la posibilidad de establecer vínculos con la comunidad sorda y se lo despoja de modelos adultos que puedan funcionar como guías, que le proporcionarán una sensación de participación y proyección de sus posibilidades en el futuro.
Postergar la comunicación precoz del niño sordo en el seno familiar, le quita la oportunidad de organizar por medio de una lengua natural el mundo que lo rodea, imponiéndosele un déficit adicional al ya existente.
Lo principal es evitar la comunicación continua y unilateral; por el contrario, hay que darle al niño la oportunidad de responder con los derechos y privilegios de un individuo único. A menos que se establezca una comunicación mutua, los padres y los docentes seguirán hablando para sí y el niño sordo continuará perdiendo el más precioso e irrecuperable momento para la interiorización y desarrollo del lenguaje, a pesar de las buenas intenciones de la familia y de la escuela.
No hay motivos para que los padres oyentes no piensen en el aprendizaje y la incorporación de la comunicación a través de la lengua de señas, ya que ésta les permitirá a sus hijos sordos obtener y procesar más información, y la relación padre e hijo, establecida en base a un código común, será fundamental para el desarrollo psico-social posterior, evitando que se produzca una reducción progresiva en la comunicación mutua.
Creemos que vale la pena seguir investigando en este campo, contrastando nuevos resultados y aportando elementos de reflexión para mejorar la comunicación y la educación de los niños sordos.
Hoy existe una real necesidad de que cada vez más investigadores, profesionales de la educación y la familia trabajemos aunados, con el propósito de optimizar el desarrollo de estos niños, dado que éste es el motivo conductor de los esfuerzos de todos y cada uno de nosotros.
 
 
 
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